Guatita y corazón contento
El viento en la cara, rozando
las mejillas entumecidas, me recuerda a nuestro último viaje a Puerto Montt,
una ciudad fría, tan llena de vegetación y calidez de su gente.
Me recuerda a las
tradiciones de la gente de la Carretera Austral que conocí: un matecito al lado
de la combustión, lentamente alimentada por leña auténtica sureña, acompañado
de un tentempié dulce: un kuchencito, un quequito casero.
Miro el cielo desde mi
ventana, y recuerdo las nubes grises formándose sobre nuestras cabezas,
anticipando un húmedo día de febrero, y en ocasiones, largas jornadas de agradable
sol, para lucir algún vestido en armonía con el viento.
Buscando entre los
recuerdos de mi mente, encuentro mi experiencia haciendo milcao (qué delicia),
junto a las mujeres más cálidas que he conocido, ever. Me enseñaron a formar el
milcao, introduciendo trozos de sabrosos chicharrones de cerdo. En otra
ocasión, me permitieron “rayar la papa” (literal) entre un verde pasto y un
cálido rayo de sol. Pude, por segunda vez, tomarle el peso de tal típica preparación:
y al final te das cuenta de que va más allá de dividirse las labores (rayar
papas, escurrir el líquido, amasar, freír, hornear), sino que reúne familias
completas en torno a amenas conversaciones, tan cálidas como las personas que
las integran.
Me siento feliz de
pertenecer a ese pedacito de tierra majestuosa, y en parte, a esa bella
familia, que me ha hecho recordar que existe una alta probabilidad de que mis
raíces provengan de allí. Y si no, siento que parte de mi corazón ya pertenece a
esa bendita Región.
Catay!

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